martes, 8 de noviembre de 2016

DOS ANTIGUOS CASERÍOS ORITUQUEÑOS


Carlos A. López Garcés

Cronista de Orituco

 

 


1.- Ubicación

            Guanape y Guanapito fueron voces que sirvieron en Orituco, desde tiempos coloniales hasta mediados del siglo XX, para identificar a dos sitios ubicados en las inmediaciones de la quebrada que les dio nombre, cerca de su desembocadura en el río Orituco, a siete kilómetros (7 Km), aproximadamente, al noroeste de Altagracia, municipio José Tadeo Monagas del estado Guárico.

            Guanape lindaba por el suroeste con Guanapito y por el noroeste con la finca La Rubileña. La agricultura fue siempre la actividad predominante en esos lugares; pero el uso de la tierra cambió con la construcción del embalse Guanapito. Sin embargo, los vocablos perduran: Guanape en la quebrada de donde derivó la identidad del lugar y en el caserío El Banco de Guanape, situado al norte de la presa mencionada y a orillas de ese riachuelo; Guanapito permanece en el de la represa, en el de un parque recreacional, en el de una subestación experimental piscícola, dependiente del Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA), y en el de un ánima milagrosa en las cercanías más inmediatas al sur del mismo embalse.

 

2.- Topónimo

            Varios autores emitieron opiniones coincidentes con respecto al origen y significación del vocablo Guanape.

            Uno fue el lexicógrafo tocuyano Lisandro Alvarado (1858-1929), quien, en su libro Glosario de voces indígenas (2008, p. 222), lo definió como el nombre de un “Pez de río de unos dos palmos de largo, rosado hacia el dorso, con líneas de manchas doradas longitudinales en los costados…”   

            Otro, el historiador Telasco Mac Pherson (¿?-1896), cuando, en su obra Diccionario histórico, geográfico, estadístico y biográfico del estado Miranda (1973 y 1988, p. 265), citó al escritor Arístides Rojas (1826-1894) para reiterar que la etimología de “…Guanape se deriva de Huanapo ó Huanapur que significa heredad de campo…” Y agregó de seguidas que “…Entre los Cumanagotos, equivale al vocablo haitiano conuco: heredad de la yuca, heredad de campo, labranza…”  

            También el lingüista don Tulio Chiossone (1905-2001) se ocupó del término al escribir, en su Diccionario toponímico de Venezuela (1992, p. 188), lo siguiente: Lisandro Alvarado, refiriéndose solo al sitio orituqueño “…dice que el nombre Guanape proviene del cumanagoto guanapu, que quiere decir ‘dehesa’, ‘hato’ […] Según Tavera Acosta, Guanape en dialecto gabarana quiere decir ‘llanura’; y en dialecto mapoyo ‘yerba’. Aunque resulta difícil precisar a cual dialecto pertenece, se observa cierta unidad del significado entre ‘dehesa’ (cumanagoto), ‘llanura’ (gabarana) y ‘yerba’ (mapoyo). El doctor [Julio César] Salas también dice que Guanape en dialectos mapoyo y gabarana del Orinoco significa yerba, yerbazal. Juan Ernesto Montenegro […] dice que guanapo en cumanagoto es: ‘finca, labranza, sembradío, conuco. También se dice guanapur’. Por lo apuntado anteriormente, los significados en las diversas lenguas tienen su correspondencia…”

            Por su parte, el docente y vocabulista Oldman Botello (1947), en su Toponimia indígena de Aragua (1990, p. 51), resumió el caso diciendo que Guanape es “Nombre de pez de río; también guanapo es labranza, conuco, en cumanagoto…”

            Es pertinente añadir que Guanapito es, sin dudas, el diminutivo castellanizado de Guanape, acerca del cual el profesor Lorenzo Aquiles Reyes Chapellín (1930), en su libro Laonemia (2008, pp. 83, 302), sin mencionar la fuente y a manera de preámbulo de una leyenda, reseñó que: “Guanapito es el nombre de un pequeño saurio de unos 15 cm de largo en su etapa adulta, con el cuerpo amarillo y listas negras longitudinales. Es muy abundante en la región orituquense. Guanapito es también el nombre que los guaiqueríes, primitivos habitantes de este territorio, le dieron a un río que lleva sus aguas al río Orituco”. Esta aseveración fue ratificada por su autor el lunes 13 de junio de 2016, cuando agregó que el antiguo río Guanapito es actualmente una quebrada que desemboca en la margen izquierda del río Orituco. A esta afirmación se agregan dos versiones dadas por dos septuagenarios orituqueños: una, la del señor Ciro Utrera, nativo y ex residente de Guanape, quien aseguró, el lunes 20 de junio de 2016, que la quebrada Guanapito es afluente del río Orituco; otra, la del señor Julio Girón, conocedor de esos lugares, quien dijo, el martes 21 de junio de 2016, que, anteriormente, también llamaban Guanapito a la quebrada de Guanape, la misma que ahora es más conocida como quebrada de El Banco. No obstante, conviene advertir que, hasta el momento de redactar este trabajo, no ha sido posible confirmar, mediante otras fuentes, el uso del vocablo guanapito para denominar algún reptil, río o quebrada en  tierras orituquenses.

 

3.- Datos interesantes

 

            Guanape y Guanapito fueron lugares de haciendas durante la segunda mitad del siglo XVIII y en la primera década del XIX, cuando los pobladores eran escasos y las trabajaban con mano de obra esclava, como está ilustrado, a modo de ejemplo, en el cuadro que sigue a este párrafo, de acuerdo con las matrículas parroquiales de los años indicados, correspondientes al pueblo de Nuestra Señora de Altagracia de Orituco:

 
H A B I T A N T E S    P O R    A Ñ O
 
POBLACIÓN TOTAL
ESCLAVOS
Sitio
Casa y hacienda
1764
1767
1769
1772
1764
1767
1769
1772
Guanape
Don Tomás Joseph Ramírez
22
17
17
19
11
  6
  9
  8
 
Don Francisco Javier Ramírez
30
17
19
16
27
17
17
16
Total
 
52
34
36
35
38
23
26
24
Guanapito
Don Juan Calixto Banders
  6
18
17
18
  3
15
  9
  9
 
C. Don Juan Dionisio Ruiz
 
  9
  9
15
 
  3
  2
  6
 
C. Esteban Feliciano García
  7
  7
  9
  6
 
 
 
 
 
C. Joseph Francisco de la Motta
  5
 
  4
 
 
 
 
 
 
C. Doña Juana Petronila Banders
  5
  5
  3
  3
 
 
 
 
 
C. María Josepha Mirabal
  7
  7
  7
11
 
 
 
 
 
C. Juan Matías Ortuño
  4
  4
  7
  7
 
 
 
 
 
C. Prudencio del Barrio
  5
 
 
 
 
 
 
 
 
C. Don Diego Antonio Sotomayor
  2
 
 
  9
 
 
 
 
 
C. Nicolás Joseph Banders
  7
  8
 
 
 
 
 
 
Total
 
48
58
56
69
  3
18
  11
  15
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

            Es oportuno agregar a las informaciones precedentes lo expuesto a continuación: Don Juan Ramírez de Salazar afirmó, al momento de hacer su testamento en 1760, que tenía una hacienda de caña en el sitio de Guanape, donde don Tomás Joseph Ramírez también poseía 3 esclavos en 1791 y un cacaotal de veinte mil plantas en agosto de 1793, que su viuda, doña Juana María Sarmiento Valladares, aún mantenía con un poco más de cuatro mil plantas en diciembre de 1804 y don Andrés Ramírez era dueño de un cañamelar en mayo de 1794. Asimismo, debe decirse que: Doña Dionisia Josefa Urbina tenía alrededor de cien árboles de cacao frutales y cuatrocientas matas de plátano en julio de 1791 en Guanapito, donde estaba la hacienda heredada desde 1796 por los  hermanos don Julián, don Leandro y doña Bernarda Cabrera, la cual tenía un mil seiscientas plantas de cacao en septiembre de 1804 y en noviembre de este mismo año había otro cacaotal con casi cuatro mil árboles,  cuyo propietario era don Juan Dionisio Ruiz.

            Telasco Mac Pherson, en su obra precitada, que fue hecha pública en 1891, definió a Guanape y Guanapito como caseríos pertenecientes a Altagracia de Orituco, con 33 casas y 248 habitantes en el primero y 15 viviendas y 123 pobladores en el segundo. Habrían surgido dentro de propiedades particulares dedicadas a las actividades agrícolas, fundamentalmente, que aún conservaban esa vieja tradición económica en la quinta década del siglo XX, cuando, las siembras de maíz y de tomate de la hacienda  Guanapito,  y de otras fincas orituqueñas fueron arrasadas por la extraordinaria creciente del río Orituco, sucedida el 20 de octubre de 1950, según noticias publicadas en el periódico gracitano Alborada Nº 17, que dirigía el educador calaboceño Blas Loreto Loreto.

              Guanapito era una hacienda productora de caña dulce y de maíz en la sexta década de la centuria veinte, cuando allí habitaban cinco o seis familias; en ella había un trapiche para la molienda de caña y el aprovechamiento de sus derivados; su último propietario fue el señor Pedro Vilachá.   

            La población de Guanape era más numerosa en esos tiempos, quizás sobrepasaba las 100 familias, entre cuyos apellidos primordiales estaban: Ramírez, Rondón, Jaramillo, Utrera, Hernández, Bravo, Seco, Nares, Reyes y otros, cuyos miembros dependían económicamente de la agricultura y la cría; resaltaba el beneficio sabatino de cerdos y reses, así como la trilla de café y la tienda del señor Jesús María Hernández, quien mantenía relaciones comerciales con pequeños productores cafetaleros de Caramacate, El Tiamo, Guatopo, Tinapuín o Tunapui, El Roble y otros sitios circunvecinos, por lo que el caserío era una especie de centro comercial en aquel amplio espacio de agro-producción. En Guanape había escuela, dispensario, comisaría, capilla católica y alumbrado público de seis de la tarde a nueve de la noche, gracias a la planta hidroeléctrica de la hacienda La Rubileña, ubicada en las proximidades del vecindario, que era encendida entonces por el señor Pedro Utrera; además, había una bodega muy conocida, propiedad del señor Julio Bravo, sita en la entrada del poblado y a la orilla de la carretera Altagracia de Orituco-Caracas, que era famosa por ser una especie de parada de autobús donde los viajeros esperaban el transporte de la empresa La Flor de Orituco (perteneciente al señor José Rafael “Catire” Álvarez), con destino a los Valles del Tuy, a la capital de la República o sitios intermediarios y viceversa; era común ver algunos pasajeros abordando el vehículo junto con sus equipajes respectivos, los cuales podían consistir en maletas, busacas, racimos de topocho o de cambur, gallinas u otras aves domésticas, sacos llenos de verduras, camas, colchones, etcétera; por esto el colector debía tener mucha paciencia para acomodarlos en la parrilla colocada sobre el techo del autobús, que luego tapaba con un encerado protector y aseguraba bien con un mecate. Aquella bodega fue transformada después en un botiquín, sin que perdiera su uso como parada de autobús. 

            Ambos vecindarios se mantuvieron como tales hasta que ocurrió el desalojo de sus habitantes por causas de utilidad pública hacia 1958. El señor Domingo García fue el último en abandonar Guanape… Esos espacios, junto con los de la hacienda La Rubileña, los requirieron para la construcción del embalse Guanapito, cuyos trabajos fueron ejecutados de 1959 a 1962, mediante la coordinación del Ministerio de Obras Públicas. El dique fue hecho sobre el paso del río Orituco en Guanapito, que era parte del viejo camino Altagracia de Orituco-Ocumare del Tuy, por la vía de Quere hacia Quiripital; de allí proviene el nombre del embalse. Al parecer, estaba previsto que las aguas de esta obra alcanzarían su máxima cota en el transcurso de cuatro años; no obstante, las lluvias fueron copiosas en 1962, tanto que la represa llegó a su capacidad extrema en el lapso de tres días de ese mismo año, según noticias aportadas por el señor Julio Girón. La obra fue inaugurada en abril de 1963 por Rómulo Betancourt, quien era el Presidente de la República. Desde entonces, Guanape y parte de Guanapito quedaron cubiertos por las aguas del embalse recién construido; tuvieron el mismo destino final de la finca La Rubileña y de un puente metálico situado sobre el cauce de la quebrada Guanape, en la vía Altagracia-Caracas.  

            Algunos ex pobladores de esos vecindarios desaparecidos se reubicaron en Altagracia de Orituco, otros en Orocollal y en el Banco de Guanape. Varios de ellos recordaban con frecuencia un antiguo comentario que circulaba entre los guanapenses, según el cual lo ocurrido era consecuencia de la predicción de un cura, quien había vaticinado que Guanape desaparecería cubierto por las aguas, porque dos hombres le apedrearon la capilla que construyó en el caserío.

 

Altagracia de Orituco, junio de 2016.

 

FUENTES

1.- Documentales

ARCHIVO ARQUIODIOCESANO. Caracas, municipio Libertador.

 

            Matrículas de Altagracia de Orituco. Sección: Matrículas parroquiales. Carpeta Nº         37. Años 1764-1791.

 

2.- Bibliográficas

ALVARADO, Lisandro. Glosario de voces indígenas. Caracas. Monte Ávila Editores Latinoamericana C.A., 2008.

 

BOTELLO, Oldman. Toponimia indígena de Aragua. Maracay. Publicaciones del Concejo del Municipio Girardot. Oficina del Cronista de la Ciudad. Primera edición, 1990.

 

CHIOSSONE, Tulio. Diccionario toponímico de Venezuela. Caracas. Monte Ávila Editores. Colección Manuales. Primera edición, 1992.

LÓPEZ GARCÉS, Carlos A. Tiempos coloniales de Altagracia de Orituco (1694-1810). Altagracia de Orituco. Edición de la Alcaldía del Municipio José Tadeo Monagas del estado Guárico. 2005.

 

LORETO LORETO, Blas. Alborada, pie de luz para medio siglo. Altagracia de Orituco. Edición de la Alcaldía del Municipio José Tadeo Monagas del estado Guárico. 2009.

 

MAC PHERSON, Telasco. Diccionario histórico, geográfico, estadístico y biográfico del estado Miranda. Presentación: Dr. Arnoldo Arocha Vargas. Los Teques. Edición facsimilar de la Gobernación del Estado Miranda. 1973. 

 

REYES, Lorenzo Aquiles. Laonemia. Caracas. Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Fundación Editorial el perro y la rana. 2008.

 

 

3- Información oral

 

GIRÓN, Julio. Altagracia de Orituco, domingo 29 de mayo de 2016; martes 21 de junio de 2016.

 

REYES CHAPELLÍN, Lorenzo Aquiles. Altagracia de Orituco, lunes 13 de junio de 2016.

 

UTRERA, Ciro. Altagracia de Orituco, lunes 20 de junio de 2016.

 

UTRERA, Francisco. Altagracia de Orituco, jueves 12 de mayo de 2016

 

 

 

jueves, 25 de agosto de 2016

UN COMBATE EN BOCA DE GUAYA




Carlos A. López Garcés

“…La historia tiene que partir del documento…”
J.A. De Armas Chitty
(Región. Valle de la Pascua, 30-11- 1966, p. 2.)


1.- Nota previa
            Boca de Guaya es un sitio ubicado en los límites entre los municipios José Tadeo Monagas y Rafael Guillermo Urdaneta de los estados Guárico y Aragua, respectivamente, en las cercanías de la desembocadura del río Guaya en el Memo; de ahí deriva su nombre. El lugar viene a la memoria con motivo del enfrentamiento sucedido allí entre republicanos y realistas en 1818, con saldo negativo para los patriotas, cuando eran días de la guerra contra la dominación colonial española; también con la idea de exponer esa acción militar a propósito del I Simposio sobre Patrimonio Histórico, Artístico y Ambiental, celebrado hoy en esta localidad aragüeña por voluntad de la Asociación Nacional de Cronistas de Venezuela y la Fundación Tamayo-CASA Taguay. Ese hecho bélico tiene importancia particular para la historia del sur de Aragua y del territorio orituquense, porque, además de otros elementos, en ese combate participó y fue herido el entonces teniente Hipólito Rondón, un héroe de la independencia venezolana nacido en 1797 en Taguay y fallecido en 1865 en Lezama, donde se residenció después de haber militado en las fuerzas libertadoras por más de dieciocho años.  

2.- El combate de Guaya  
            Es pertinente destacar ahora un parte de novedades que el comandante del cantón Orituco, capitán don Bartolomé Martínez, fechado en ese mismo lugar el 30 de marzo de 1818, le envió al general don Pablo Morillo, jefe del ejército realista, y copia del cual fue remitida por este al Excelentísimo Señor Secretario del despacho de la Guerra, con fecha del 10 de abril de 1818, que fue publicada en la Gaceta de Madrid del 18 de agosto de ese año. Esta publicación tiene valor especial para este trabajo, porque allí está mencionado, entre otras informaciones, el enfrentamiento de Guaya en los términos expuestos de seguidas:
                        Excelentísimo Señor: Hallándose, como tengo anunciado a Vuestra        Excelencia, el rebelde Mauricio Ledesma y, otros cabecillas con un grupo             fuerte de caballería entre estas inmediaciones y las de Camatagua        esperando infantería para invadir estos pueblos, mi primer cuidado fue   reunir entre estos vecinos los que pude a caballo, no tanto para defenderme       cuanto para exterminarlos; logré juntar poco más de 100 hombres, y el 25         de los corrientes, al mando del capitán don Manuel Ramírez, les ordené             saliesen a observar al enemigo para salir yo en llegándome los pertrechos     que esperaba el 26, en cuya mañana en el río de Guaya, jurisdicción de Haguay [sic; léase Taguay], se encontró a las 7 Ramírez con Ledesma, que      tenía un grupo de más de 100 hombres, y después de media hora de acción          reñida quedaron los nuestros victoriosos, y tendido en el campo el cabecilla   Mauricio Ledesma y su ayudante Palomo, y heridos de muerte el hermano         de Ledesma Santiago, y los oficiales Hipólito Rondón y un tal Gómez […]           No puedo menos de recomendar a Vuestra Excelencia el mérito        nuevamente contraído por el capitán Ramírez, pues su lealtad resalta en             que Ledesma, Santiago e Hipólito Rondón son sus parientes en segundo           grado […] Ramírez siguió a los Guires [sic] a coger ganado para estas     tropas, en virtud de haber quedado dispersos los enemigos, y no haberles   podido dar alcance…”

            De acuerdo con la cita precedente, el combate sucedió el 26 de marzo de 1818; su duración de media hora fue suficiente para ocasionar la derrota de los independentistas, con los muertos y heridos nombrados y la dispersión de los restantes. Por otra parte, una fuente documental conservada en el Archivo General de la Nación señala que ese enfrentamiento ocurrió en febrero de aquel año y, refiriéndose a Rondón, ratifica la noticia de su herida, de conformidad con el texto siguiente: “…en Febrero del 18 en un combate que sostuvieron en Boca de Guaya, Orituco, contra los realistas las fuerzas que mandaba el Comandante Mauricio Ledesma, recibió una herida de bala en la chocozuela izquierda”. Asimismo, el coronel José Manuel López, de los ejércitos de la república y de la Orden de los Libertadores de Venezuela, mediante certificación dada en San Rafael de Orituco el 13 de noviembre de 1851, hizo constar que Hipólito Rondón en el mes de febrero de 1818, siendo oficial de tropas republicanas, bajo el mando del comandante Mauricio Ledesma, en el encuentro que sostuvieron con fuerzas realistas en ese mes en el sitio de la Boca de Guaya, jurisdicción de Taguay en ese cantón, fue herido de bala en la chocozuela de la pierna izquierda, con la particularidad de quedarse alojado el proyectil en la tibia, tal como lo reconocieron los doctores Antonio José Rodríguez, médico del Hospital Militar de Caracas, y Julián Martínez, en noviembre de 1851, cuando la lesión ya limitaba la movilidad de la pierna y Rondón solicitaba una pensión por invalidez, según lo revelan escrituras preservadas también en el Archivo General de la Nación. 

3.- Una participación dudosa

            Estimula la curiosidad el hecho de que el combate en Boca de Guaya no está mencionado en la copia de un original de la hoja de servicios militares del prócer Hipólito Rondón, fechada en Puerto Cabello el 17 de junio de 1828, la cual está avalada por el capitán mayor Demetrio Chichiria con el visto bueno del comandante Orta; pero en ese mismo documento se afirma que Rondón participó en la acción militar de Ortiz a las órdenes del Libertador, en 1818, cuando las fuerzas independentistas obtuvieron la victoria. Surge la duda sobre este último caso, porque ocurrió el 26 de marzo de ese año, la cual es una de las fechas señaladas para el enfrentamiento en Boca de Guaya, como fue dicho anteriormente, lo que, de haber sido cierto, habría imposibilitado la presencia de Rondón en Ortiz, debido a la coincidencia de tales sucesos en esa fecha, amén de la distancia entre ambos lugares y, sobre todo, de la herida que recibió, lo cual le habría causado algún inconveniente para movilizarse con normalidad. Por estas razones, es factible suponer que el combate en Boca de Guaya fue librado realmente el 26 de marzo de 1818 y no en febrero de este año, pues la data de marzo corresponde a un parte militar realista fechado el 30 de ese mes, es decir: apenas a cuatro días de haber ocurrido el hecho, mientras que el dato de febrero fue dado 33 años después; esta sospecha indica que Rondón no habría intervenido en los hechos de Ortiz y constituye un caso concreto con respecto al seguimiento que puede hacérsele a la vida militar de Hipólito Rondón, quien, es justo repetirlo con insistencia, representa una personalidad patrimonial de la historia de Taguay y de Orituco, surgida de las entrañas populares venezolanas, que es merecedora de precisiones biográficas.     
Taguay, sábado 18 de junio de 2016.

FUENTES

ARCHIVO  GENERAL DE LA NACIÓN. Sección: Próceres y Servidores de la República. (Caracas).

DÁVILA, Vicente. Diccionario Biográfico de Ilustres Próceres de la Independencia  Suramericana. Caracas. Tipografía Americana, tomo II, 1926.

DE ARMAS CHITTY, J.A. Discurso con motivo del centenario de la muerte de Hipólito Rondón (transcrito de la versión grabada). Lezama, 9 de octubre de 1965.

 “Palabras del Profesor, Académico y Poeta J. A. De Armas Chitty en Lezama, el 9 de octubre de 1965, en el centenario de la muerte del Prócer Hipólito Rondón”. Equis. Director: José Melchor González. Año III. Mes 9. Nº 11. Altagracia de Orituco, 10 de octubre de 1966, pp. 1, 8.
           


           

viernes, 7 de agosto de 2015

CASA AMARILLA DE LEZAMA

Carlos A. López Garcés
Cronista del municipio José Tadeo Monagas
Estado Guárico


            San Francisco Javier de Lezama es la capital de la parroquia de igual nombre del municipio José Tadeo Monagas del estado Guárico. Está ubicada en la porción noreste del territorio guariqueño, en las últimas estribaciones de la Serranía del Interior, en la margen izquierda del río Orituco, a diecisiete kilómetros al sur de Altagracia, que es la cabecera municipal. Su denominación legal incluye a su Santo Patrono, aunque la tradición la identifica como Lezama de Orituco y sus pobladores prefieren llamarla Lezama, sencillamente, con lo cual concentran toda la intimidad de su vínculo afectivo con el terruño.
 

            Este pueblo fue fundado por el franciscano Manuel de Alesón en 1688, con una cifra desconocida de indios guarinos, llamados palenques por los españoles; sin embargo, el número de habitantes era de quinientos guaiquires en 1783, cuando apenas había dos familias españolas dentro del poblado y fuera de la legua de los aborígenes vivían más de mil españoles, entre blancos, negros, mulatos, zambos, etcétera. Falta responder qué ocurrió con los guarinos; pero aún en el último tercio del siglo XVIII y en las primeras décadas del XIX mantenía su condición de comunidad indígena, donde la iglesia habría sido la edificación más consistente de la localidad, en comparación con las viviendas de la mayoría de los pobladores. Según informaciones aportadas en marzo de 1813 al Arzobispo de Venezuela por el bachiller José Calixto Morín, párroco de Lezama, este pueblo contaba entonces con media legua en contorno y ochentidós casas, de las cuales una era Casa Real y Cárcel donde se aprisionaban los delincuentes; otra era la de doctrina donde se instruían los niños y las niñas; además, había dieciséis viviendas de españoles; las sesenticuatro restantes eran las “derrumbadas e inútiles de los indios” debido a que no las habitaban, pues tenían sus casas retiradas en los montes donde vivían.

            Los terrenos de Lezama aun correspondían a los indígenas de esa parroquia en 1850, de acuerdo con lo expuesto en un juicio por rectificación del lindero sur de la hacienda Tocoragüita cuyo propietario, Francisco D’Suze, demandaba a los indios por haberlo despojado de parte de las tierras en litigio, las cuales, finalmente, le fueron devueltas el 2 de octubre de aquel año. Llama la atención que los indígenas tuvieron apenas veinticuatro horas para lograr la suspensión de tal acto rectificador; debían hacerlo en ese corto lapso, mediante la presentación ante el juez de Lezama comisionado para esos efectos, comandante Hipólito Rondón, del “título justo y auténtico” que les acreditara la pertenencia de esas tierras.

            No es difícil sospechar que en Lezama sucedió una transformación arquitectónica-habitacional en el transcurso del siglo XIX, como consecuencia de la ocupación de los espacios de uso residencial dentro del pueblo por parte de descendientes de conquistadores y colonizadores, quienes, entonces convertidos en una especie de élite de terratenientes, habrían estado también usufructuando las tierras de vocación agrícola asignadas a los primitivos moradores. Los aborígenes habrían sido desplazados sistemática y progresivamente de todos sus terrenos. Era, supuestamente, el poder económico de grupos clasistas republicanos conservadores ejecutado contra un conjunto de indígenas debilitados y avasallados, quienes padecían los efectos de la aplicación reiterativa del modelo económico-social hispano-colonialista en la joven república venezolana, al extremo que terminaron desapareciendo víctimas de la transculturación, del mestizaje, de las guerras civiles, de las enfermedades epidémicas, de la discriminación, etcétera, hasta consolidarse ese exterminio con la deslegitimación de los resguardos territoriales indígenas en el último tercio del siglo XIX.

Aquel proceso habría comprendido la sustitución de la ranchería de los indios y determinado la construcción de holgadas casas familiares, con altas paredes de tapia y rafa, techo de tejas, grandes puertas y ventanas, de amplios zaguanes, corredores, salas, dormitorios, patios, cocina, comedor y hasta espacios para establecimientos mercantiles, incluso en otras de menor majestuosidad, que sirvieron para convertir a Lezama en un importante centro comercial del Llano en el primer tercio del siglo XX.
 

La Casa Amarilla es una de esas viviendas.  Está ubicada al lado este de la iglesia San Francisco Javier, enfrente de la plaza Bolívar y da forma a la esquina noroeste del cruce de las calles Bolívar y Montenegro. Fue edificada sobre una superficie de 1.500 metros cuadrados, aproximadamente. Sus paredes son de tapia y rafa, con alturas que acaso oscilan entre cinco y ocho metros. El techo es de tejas sobre caña amarga, con un ancho alero. Su piso fue originalmente de ladrillos. Por el frontis, al sur, que es el lado de la calle Montenegro, tiene tres ventanas y tres puertas arqueadas; dos de estas últimas dan acceso al local para comercio, al que corresponde una de las ventanas; la puerta principal, a través de un zaguán, facilita el ingreso al interior, donde hay un amplio patio central circundado por ocho columnas cilíndricas que sostienen el techo y delimitan el patio de cuatro corredores, los cuales comunican, por medio de puertas distribuidas armónicamente, con el local para comercio por el lado del este, con una sala por el del sur, con tres dormitorios por el del oeste y con otras dos dependencias por el del norte; una de estas últimas, la del oeste, comunica directamente con el patio trasero y parece ser área de depósito porque existe una especie de troja en su interior, quizás a dos metros de altura. La sala tiene dos ventanas que dan a la calle del frente; además, se conecta con cada cuarto mediante la puerta interna respectiva; el cuarto del norte tiene una ventana hacia el corredor. Desde el extremo este del corredor norte hay paso hacia el patio trasero a través de una puerta. Por la fachada este, que es el lado de la calle Bolívar, tiene dos puertas y dos ventanas, que corresponden en su totalidad al local para comercio; éste tiene una salida hacia el patio trasero. Tanto las puertas como las ventanas son de madera y de dos hojas. Todas las ventanas exteriores tienen rejas de hierro; la del interior la tiene de madera. El uso como residencia familiar es suficiente para inferir que tuvo espacios destinados a la cocina, al lavadero, al baño y hasta para el establo típico y asimismo necesario en los pueblos orituqueños cuando predominaba la economía agropecuaria, característica de la Venezuela rural del siglo XIX y primera mitad del XX, antecesora de la dependencia petrolera. 

 
El nombre de esta edificación es por el color que ha tenido tradicionalmente y que ha sido respetado y defendido por los lezamenses, tanto que, en cierta oportunidad, el doctor Andrés Torres, médico al servicio de la localidad, decidió pintarla de otro color cuando residía en ella, lo cual generó la enérgica protesta de los pobladores, entre quienes destacaba Juan Hernández, un vehemente defensor de su terruño. Tal fue la magnitud del rechazo que el médico optó por abandonar la población.
 

No existen datos disponibles para aclarar cuándo y cómo fue construida, quién fue su primer dueño ni su alarife constructor; no obstante, hay noticias que indican su edificación sobre un cementerio que hubo al lado del templo, cuya fábrica había ordenado el obispo Mariano Martí en marzo de 1783 cuando estuvo de visita pastoral en Lezama y dejó escrito que “…Luego se hará cementerio en un solar contiguo a la Iglesia, a la banda de la Epístola…”
 

Al parecer, aquella orden martiana fue cumplida cabalmente, de acuerdo con dos informaciones confiables: una refiere que, en cierta ocasión, el señor Luis Nieves encontró un esqueleto humano dentro de una especie de pimpina grande (urna funeraria), cuando abría unos huecos en el piso de la Casa Amarilla, como parte de ciertos trabajos que allí realizaba(1); la otra corresponde a la extracción de varias osamentas humanas cuando abrían los hoyos para la construcción de la nueva casa parroquial, al lado este inmediato de la sacristía, en la primera década del siglo XXI; esos huesos, sin clasificar y junto con la tierra extraída, fueron botados en un lugar desconocido por decisión del párroco Francisco Boucard, quien, motivado por una pregunta sobre lo que ocurriría con este caso y la reencarnación, afirmó que no había razón para preocuparse porque esos huesos se reagruparían con sus correspondientes cuando ella sucediera(2).
 

No ha sido posible localizar informaciones documentales que revelen cuándo fue clausurado ese camposanto; sin embargo, una versión señala que lo habrían utilizado apenas durante veinte años, hasta 1804, según afirmación del licenciado Miguel Aníbal Fernández, quien supone que la Casa Amarilla fue construida entre 1805 y 1809.  De acuerdo con el respetable valor cultural de la veneración a los familiares muertos, muy acatado entonces, es factible pensar en que esa edificación habría sido muchos años después de la clausura de aquel cementerio, cuando ya había disminuido considerablemente la existencia de personas que tenían afianzados vínculos sentimentales con parientes enterrados en ese sacrosanto lugar.
 

La falta de documentos disponibles y confiables ha impedido establecer la tradición legal de la propiedad de la Casa Amarilla. Algunas informaciones orales, aportadas por vecinos lezamenses, ayudan a ordenar ciertos rasgos de esa tradición. Es conocido que el canario Antonio González Alonso había enviudado de Mercedes Pérez en la segunda década del siglo XX, cuando, por razones de trabajo, decidió trasladarse de Batatal, municipio El Guapo del estado Miranda, hasta la hacienda Tocoragua, cerca de Lezama, donde conoció a Adela Marrero, una negra de cabellos lisos y ojos claros, con quien contrajo matrimonio. Ella no tenía descendientes, pero ayudó solidariamente a terminar la crianza de los cuatro hijos menores de su nuevo cónyuge: Adolfina, Providencia, Alfonso y Jesús Galeno, quien era ilegítimo. Al parecer, ese era el tercer casamiento de aquella mujer, quien había enviudado en dos ocasiones de esposos españoles muy adinerados y por consiguiente había sido  heredera en ambos casos, lo que explicaba las riquezas que poseía, entre las cuales estaban tierras en La Esperanza y Acapral, ganado, casas y morocotas.
 

Antonio González Alonso y su esposa Adela Marrero, junto con su grupo familiar, habitaron la Casa Amarilla con carácter de propietarios. Ante la muerte de Antonio ocurrida en 1938, Adela pasó a ser la dueña exclusiva de la casa. Ella había criado a Francisco J. Padrón (Pancho), quien había quedado huérfano cuando estaba muy pequeño, y se hizo su madrina. Adela le donó la Casa Amarilla a Pancho Padrón, cuando ella se mudó para Acapral, cerca de Lezama, donde tenía terreno y vivienda. El señor Padrón tuvo esa casa como residencia familiar, con su esposa Matilde Cedeño de Padrón; además, estableció allí un negocio que llamó La Sultana de las Pampas, el cual mantuvo hasta que decidió mudarse para Altagracia de Orituco, donde abrió un nuevo establecimiento comercial identificado con el nombre La Incógnita, en la calle Bolívar cruce con la Ilustres Próceres.  La Casa Amarilla fue igualmente residencia de los esposos Efraín López Pérez y Adolfina González Alonso de López, en unión de sus hijos.
 

Un buen día, Padrón optó por vender la casa; al parecer, fue adquirida por el ejecutivo del estado Guárico en 1948, cuando la gobernación era ejercida por el abogado altagraciano Miguel Toro Alayón y la presidencia de la república por don Rómulo Gallegos. Desde entonces tuvo otros usos ocasionales. Fue sede de: la escuela, que primero era diurna y después  nocturna, con la presencia del maestro Jesús Bandres y la maestra Mercedes Vargas Medina; la medicatura y residencia de médicos (el doctor Wenceslao Servenca fue el primer médico residente de ese centro de salud); la biblioteca fundada por Miguel Aníbal Fernández y José Eduardo Estanga, cuando eran jóvenes estudiantes; la prefectura; la comandancia de policía; la junta comunal; el juzgado, mientras a los órganos del poder público le fabricaban sede propia. Igualmente, ha sido utilizada como escenario fundamental de la comunidad para otras actividades: los oficios religiosos se efectuaban en ella cuando reparaban la iglesia parroquial; la celebración de distintas fiestas de gala, como la correspondiente a las festividades patronales(30); los velorios de la víspera del día de San Juan, la noche del 23 al 24 de junio, con la participación de los Negros Kimbánganos y ciertas conmemoraciones, como la del centenario de la muerte del prócer independentista Hipólito Rondón, con la intervención de José Antonio de Armas Chitty en el rol de orador de orden, son algunos casos ilustrativos. 
 

El uso regular de esta casa no ha sido una constante desde que es, supuestamente, propiedad del gobierno regional guariqueño; esto es decir que ha permanecido desocupada y deteriorándose por períodos relativamente largos; aunque se le ha hecho trabajos de mantenimiento general en pocas ocasiones, algunos de los cuales incluyeron la recuperación de partes estructurales, como los realizados cuando Jaime Lusinchi era Presidente de la República (1984-1989). Es oportuno recordar que esas labores de preservación quedaron inconclusas en ciertas oportunidades; un ejemplo fue publicado en la página 8 del periódico Equis Nª 68, con fecha en Altagracia de Orituco del 30 de septiembre de 1976, cuando, en una nota sobre Lezama, se comentó que los trabajos de la Casa Amarilla habían quedado a medias. El Ministerio del Poder Popular para la Cultura, por medio del Instituto de Patrimonio Cultural, tiene la pretensión de recuperarla del abandono en el cual se encuentra desde hace mucho tiempo, para lo cual existe un proyecto de data más reciente cuya ejecución comenzó a mediados del año 2013, cuando al Consejo Comunal del sector Centro-Plaza de Lezama le transfirieron un millón de bolívares para los trabajos de restauración, que debían incluir techo, paredes, friso y piso(3); pero éstos fueron suspendidos sin explicaciones públicas.
 

No hay noticias relacionadas con algún hecho histórico trascendente, relevante, sucedido en la Casa Amarilla; sin embargo, es posible deducir que  ella tiene la significación de ser representativa de una época centenaria de transformaciones socio-económicas en la localidad lezamense, que marcó la aplicación de una política segregacionista con el desplazamiento definitivo de los pobladores indígenas y la imposición de grupos dominantes formados por terratenientes y comerciantes, los cuales pasaron a controlar la dinámica cotidiana de la comunidad. Otra vivienda con una importancia histórica similar es la llamada Casa de Alto cuyos antecedentes son desconocidos y de la cual fue dueño Miguel González Alonso, hermano de Antonio, antes citado;  está ubicada diagonalmente a la plaza Bolívar, en el cruce de las calles Bolívar y  Miranda. Está en ruinas a la fecha de hoy.
 

 Justo es anotar que en la porción sureste del cruce de las calles Comercio y Junín fue fabricada una especie de réplica de la Casa Amarilla, con ciertos cambios y cuyas dimensiones son menores a las de ésta; su frente está orientado hacia el norte a diferencia de aquella que es hacia el sur. Fue el hogar de su propietario José Melchor Ruiz, quien mantuvo allí, desde el segundo tercio del siglo XX y durante cincuentitrés años, una tienda-bodega de nombre 3 de Mayo, que era realmente un expendio de diversas mercancías (víveres, licores, telas, calzados, artículos de ferretería, etcétera). Mucho tiempo después de la muerte del dueño fue adquirida por el padre Rudi Rajk, un sacerdote que llegó a Lezama en calidad de párroco, se enamoró del pueblo, compró esa vivienda cuando comenzaba a deteriorarse, la restauró y le restituyó el uso de residencia familiar sin alterarle su originalidad, para su propia satisfacción espiritual y la de los lezamenses que anhelan y defienden la conservación de su patrimonio arquitectónico(4).  
     

Altagracia de Orituco, lunes 27 de junio de 2015.

 
NOTAS

(1) Luis Nieves era un cultor de los Negros Kimbánganos de Lezama, de los cuales llegó a ser su capitán por varios años. Datos obtenidos en el Registro Civil de la parroquia Lezama, el miércoles 27 de mayo de 2015, indican que: Nació en Lezama el 9 de diciembre de 1928; murió en Caracas el 16 de enero de 2011, a los 82 años de edad, y fue enterrado en su pueblo natal.


(2) Al parecer, el padre Francisco Boucard no habría sido muy creyente de la reencarnación, según lo indica aquella respuesta.


(3) Los recursos para la restauración de la Casa Amarilla y de la iglesia de San Rafael de Orituco sumaban un millón de bolívares en cada caso; fueron asignados por el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela al Instituto de Patrimonio Cultural el 24 de mayo de 2013.
 

(4) Las fuentes consultadas para redactar este trabajo se mantienen en reserva.