viernes, 7 de agosto de 2015

CASA AMARILLA DE LEZAMA

Carlos A. López Garcés
Cronista del municipio José Tadeo Monagas
Estado Guárico


            San Francisco Javier de Lezama es la capital de la parroquia de igual nombre del municipio José Tadeo Monagas del estado Guárico. Está ubicada en la porción noreste del territorio guariqueño, en las últimas estribaciones de la Serranía del Interior, en la margen izquierda del río Orituco, a diecisiete kilómetros al sur de Altagracia, que es la cabecera municipal. Su denominación legal incluye a su Santo Patrono, aunque la tradición la identifica como Lezama de Orituco y sus pobladores prefieren llamarla Lezama, sencillamente, con lo cual concentran toda la intimidad de su vínculo afectivo con el terruño.
 

            Este pueblo fue fundado por el franciscano Manuel de Alesón en 1688, con una cifra desconocida de indios guarinos, llamados palenques por los españoles; sin embargo, el número de habitantes era de quinientos guaiquires en 1783, cuando apenas había dos familias españolas dentro del poblado y fuera de la legua de los aborígenes vivían más de mil españoles, entre blancos, negros, mulatos, zambos, etcétera. Falta responder qué ocurrió con los guarinos; pero aún en el último tercio del siglo XVIII y en las primeras décadas del XIX mantenía su condición de comunidad indígena, donde la iglesia habría sido la edificación más consistente de la localidad, en comparación con las viviendas de la mayoría de los pobladores. Según informaciones aportadas en marzo de 1813 al Arzobispo de Venezuela por el bachiller José Calixto Morín, párroco de Lezama, este pueblo contaba entonces con media legua en contorno y ochentidós casas, de las cuales una era Casa Real y Cárcel donde se aprisionaban los delincuentes; otra era la de doctrina donde se instruían los niños y las niñas; además, había dieciséis viviendas de españoles; las sesenticuatro restantes eran las “derrumbadas e inútiles de los indios” debido a que no las habitaban, pues tenían sus casas retiradas en los montes donde vivían.

            Los terrenos de Lezama aun correspondían a los indígenas de esa parroquia en 1850, de acuerdo con lo expuesto en un juicio por rectificación del lindero sur de la hacienda Tocoragüita cuyo propietario, Francisco D’Suze, demandaba a los indios por haberlo despojado de parte de las tierras en litigio, las cuales, finalmente, le fueron devueltas el 2 de octubre de aquel año. Llama la atención que los indígenas tuvieron apenas veinticuatro horas para lograr la suspensión de tal acto rectificador; debían hacerlo en ese corto lapso, mediante la presentación ante el juez de Lezama comisionado para esos efectos, comandante Hipólito Rondón, del “título justo y auténtico” que les acreditara la pertenencia de esas tierras.

            No es difícil sospechar que en Lezama sucedió una transformación arquitectónica-habitacional en el transcurso del siglo XIX, como consecuencia de la ocupación de los espacios de uso residencial dentro del pueblo por parte de descendientes de conquistadores y colonizadores, quienes, entonces convertidos en una especie de élite de terratenientes, habrían estado también usufructuando las tierras de vocación agrícola asignadas a los primitivos moradores. Los aborígenes habrían sido desplazados sistemática y progresivamente de todos sus terrenos. Era, supuestamente, el poder económico de grupos clasistas republicanos conservadores ejecutado contra un conjunto de indígenas debilitados y avasallados, quienes padecían los efectos de la aplicación reiterativa del modelo económico-social hispano-colonialista en la joven república venezolana, al extremo que terminaron desapareciendo víctimas de la transculturación, del mestizaje, de las guerras civiles, de las enfermedades epidémicas, de la discriminación, etcétera, hasta consolidarse ese exterminio con la deslegitimación de los resguardos territoriales indígenas en el último tercio del siglo XIX.

Aquel proceso habría comprendido la sustitución de la ranchería de los indios y determinado la construcción de holgadas casas familiares, con altas paredes de tapia y rafa, techo de tejas, grandes puertas y ventanas, de amplios zaguanes, corredores, salas, dormitorios, patios, cocina, comedor y hasta espacios para establecimientos mercantiles, incluso en otras de menor majestuosidad, que sirvieron para convertir a Lezama en un importante centro comercial del Llano en el primer tercio del siglo XX.
 

La Casa Amarilla es una de esas viviendas.  Está ubicada al lado este de la iglesia San Francisco Javier, enfrente de la plaza Bolívar y da forma a la esquina noroeste del cruce de las calles Bolívar y Montenegro. Fue edificada sobre una superficie de 1.500 metros cuadrados, aproximadamente. Sus paredes son de tapia y rafa, con alturas que acaso oscilan entre cinco y ocho metros. El techo es de tejas sobre caña amarga, con un ancho alero. Su piso fue originalmente de ladrillos. Por el frontis, al sur, que es el lado de la calle Montenegro, tiene tres ventanas y tres puertas arqueadas; dos de estas últimas dan acceso al local para comercio, al que corresponde una de las ventanas; la puerta principal, a través de un zaguán, facilita el ingreso al interior, donde hay un amplio patio central circundado por ocho columnas cilíndricas que sostienen el techo y delimitan el patio de cuatro corredores, los cuales comunican, por medio de puertas distribuidas armónicamente, con el local para comercio por el lado del este, con una sala por el del sur, con tres dormitorios por el del oeste y con otras dos dependencias por el del norte; una de estas últimas, la del oeste, comunica directamente con el patio trasero y parece ser área de depósito porque existe una especie de troja en su interior, quizás a dos metros de altura. La sala tiene dos ventanas que dan a la calle del frente; además, se conecta con cada cuarto mediante la puerta interna respectiva; el cuarto del norte tiene una ventana hacia el corredor. Desde el extremo este del corredor norte hay paso hacia el patio trasero a través de una puerta. Por la fachada este, que es el lado de la calle Bolívar, tiene dos puertas y dos ventanas, que corresponden en su totalidad al local para comercio; éste tiene una salida hacia el patio trasero. Tanto las puertas como las ventanas son de madera y de dos hojas. Todas las ventanas exteriores tienen rejas de hierro; la del interior la tiene de madera. El uso como residencia familiar es suficiente para inferir que tuvo espacios destinados a la cocina, al lavadero, al baño y hasta para el establo típico y asimismo necesario en los pueblos orituqueños cuando predominaba la economía agropecuaria, característica de la Venezuela rural del siglo XIX y primera mitad del XX, antecesora de la dependencia petrolera. 

 
El nombre de esta edificación es por el color que ha tenido tradicionalmente y que ha sido respetado y defendido por los lezamenses, tanto que, en cierta oportunidad, el doctor Andrés Torres, médico al servicio de la localidad, decidió pintarla de otro color cuando residía en ella, lo cual generó la enérgica protesta de los pobladores, entre quienes destacaba Juan Hernández, un vehemente defensor de su terruño. Tal fue la magnitud del rechazo que el médico optó por abandonar la población.
 

No existen datos disponibles para aclarar cuándo y cómo fue construida, quién fue su primer dueño ni su alarife constructor; no obstante, hay noticias que indican su edificación sobre un cementerio que hubo al lado del templo, cuya fábrica había ordenado el obispo Mariano Martí en marzo de 1783 cuando estuvo de visita pastoral en Lezama y dejó escrito que “…Luego se hará cementerio en un solar contiguo a la Iglesia, a la banda de la Epístola…”
 

Al parecer, aquella orden martiana fue cumplida cabalmente, de acuerdo con dos informaciones confiables: una refiere que, en cierta ocasión, el señor Luis Nieves encontró un esqueleto humano dentro de una especie de pimpina grande (urna funeraria), cuando abría unos huecos en el piso de la Casa Amarilla, como parte de ciertos trabajos que allí realizaba(1); la otra corresponde a la extracción de varias osamentas humanas cuando abrían los hoyos para la construcción de la nueva casa parroquial, al lado este inmediato de la sacristía, en la primera década del siglo XXI; esos huesos, sin clasificar y junto con la tierra extraída, fueron botados en un lugar desconocido por decisión del párroco Francisco Boucard, quien, motivado por una pregunta sobre lo que ocurriría con este caso y la reencarnación, afirmó que no había razón para preocuparse porque esos huesos se reagruparían con sus correspondientes cuando ella sucediera(2).
 

No ha sido posible localizar informaciones documentales que revelen cuándo fue clausurado ese camposanto; sin embargo, una versión señala que lo habrían utilizado apenas durante veinte años, hasta 1804, según afirmación del licenciado Miguel Aníbal Fernández, quien supone que la Casa Amarilla fue construida entre 1805 y 1809.  De acuerdo con el respetable valor cultural de la veneración a los familiares muertos, muy acatado entonces, es factible pensar en que esa edificación habría sido muchos años después de la clausura de aquel cementerio, cuando ya había disminuido considerablemente la existencia de personas que tenían afianzados vínculos sentimentales con parientes enterrados en ese sacrosanto lugar.
 

La falta de documentos disponibles y confiables ha impedido establecer la tradición legal de la propiedad de la Casa Amarilla. Algunas informaciones orales, aportadas por vecinos lezamenses, ayudan a ordenar ciertos rasgos de esa tradición. Es conocido que el canario Antonio González Alonso había enviudado de Mercedes Pérez en la segunda década del siglo XX, cuando, por razones de trabajo, decidió trasladarse de Batatal, municipio El Guapo del estado Miranda, hasta la hacienda Tocoragua, cerca de Lezama, donde conoció a Adela Marrero, una negra de cabellos lisos y ojos claros, con quien contrajo matrimonio. Ella no tenía descendientes, pero ayudó solidariamente a terminar la crianza de los cuatro hijos menores de su nuevo cónyuge: Adolfina, Providencia, Alfonso y Jesús Galeno, quien era ilegítimo. Al parecer, ese era el tercer casamiento de aquella mujer, quien había enviudado en dos ocasiones de esposos españoles muy adinerados y por consiguiente había sido  heredera en ambos casos, lo que explicaba las riquezas que poseía, entre las cuales estaban tierras en La Esperanza y Acapral, ganado, casas y morocotas.
 

Antonio González Alonso y su esposa Adela Marrero, junto con su grupo familiar, habitaron la Casa Amarilla con carácter de propietarios. Ante la muerte de Antonio ocurrida en 1938, Adela pasó a ser la dueña exclusiva de la casa. Ella había criado a Francisco J. Padrón (Pancho), quien había quedado huérfano cuando estaba muy pequeño, y se hizo su madrina. Adela le donó la Casa Amarilla a Pancho Padrón, cuando ella se mudó para Acapral, cerca de Lezama, donde tenía terreno y vivienda. El señor Padrón tuvo esa casa como residencia familiar, con su esposa Matilde Cedeño de Padrón; además, estableció allí un negocio que llamó La Sultana de las Pampas, el cual mantuvo hasta que decidió mudarse para Altagracia de Orituco, donde abrió un nuevo establecimiento comercial identificado con el nombre La Incógnita, en la calle Bolívar cruce con la Ilustres Próceres.  La Casa Amarilla fue igualmente residencia de los esposos Efraín López Pérez y Adolfina González Alonso de López, en unión de sus hijos.
 

Un buen día, Padrón optó por vender la casa; al parecer, fue adquirida por el ejecutivo del estado Guárico en 1948, cuando la gobernación era ejercida por el abogado altagraciano Miguel Toro Alayón y la presidencia de la república por don Rómulo Gallegos. Desde entonces tuvo otros usos ocasionales. Fue sede de: la escuela, que primero era diurna y después  nocturna, con la presencia del maestro Jesús Bandres y la maestra Mercedes Vargas Medina; la medicatura y residencia de médicos (el doctor Wenceslao Servenca fue el primer médico residente de ese centro de salud); la biblioteca fundada por Miguel Aníbal Fernández y José Eduardo Estanga, cuando eran jóvenes estudiantes; la prefectura; la comandancia de policía; la junta comunal; el juzgado, mientras a los órganos del poder público le fabricaban sede propia. Igualmente, ha sido utilizada como escenario fundamental de la comunidad para otras actividades: los oficios religiosos se efectuaban en ella cuando reparaban la iglesia parroquial; la celebración de distintas fiestas de gala, como la correspondiente a las festividades patronales(30); los velorios de la víspera del día de San Juan, la noche del 23 al 24 de junio, con la participación de los Negros Kimbánganos y ciertas conmemoraciones, como la del centenario de la muerte del prócer independentista Hipólito Rondón, con la intervención de José Antonio de Armas Chitty en el rol de orador de orden, son algunos casos ilustrativos. 
 

El uso regular de esta casa no ha sido una constante desde que es, supuestamente, propiedad del gobierno regional guariqueño; esto es decir que ha permanecido desocupada y deteriorándose por períodos relativamente largos; aunque se le ha hecho trabajos de mantenimiento general en pocas ocasiones, algunos de los cuales incluyeron la recuperación de partes estructurales, como los realizados cuando Jaime Lusinchi era Presidente de la República (1984-1989). Es oportuno recordar que esas labores de preservación quedaron inconclusas en ciertas oportunidades; un ejemplo fue publicado en la página 8 del periódico Equis Nª 68, con fecha en Altagracia de Orituco del 30 de septiembre de 1976, cuando, en una nota sobre Lezama, se comentó que los trabajos de la Casa Amarilla habían quedado a medias. El Ministerio del Poder Popular para la Cultura, por medio del Instituto de Patrimonio Cultural, tiene la pretensión de recuperarla del abandono en el cual se encuentra desde hace mucho tiempo, para lo cual existe un proyecto de data más reciente cuya ejecución comenzó a mediados del año 2013, cuando al Consejo Comunal del sector Centro-Plaza de Lezama le transfirieron un millón de bolívares para los trabajos de restauración, que debían incluir techo, paredes, friso y piso(3); pero éstos fueron suspendidos sin explicaciones públicas.
 

No hay noticias relacionadas con algún hecho histórico trascendente, relevante, sucedido en la Casa Amarilla; sin embargo, es posible deducir que  ella tiene la significación de ser representativa de una época centenaria de transformaciones socio-económicas en la localidad lezamense, que marcó la aplicación de una política segregacionista con el desplazamiento definitivo de los pobladores indígenas y la imposición de grupos dominantes formados por terratenientes y comerciantes, los cuales pasaron a controlar la dinámica cotidiana de la comunidad. Otra vivienda con una importancia histórica similar es la llamada Casa de Alto cuyos antecedentes son desconocidos y de la cual fue dueño Miguel González Alonso, hermano de Antonio, antes citado;  está ubicada diagonalmente a la plaza Bolívar, en el cruce de las calles Bolívar y  Miranda. Está en ruinas a la fecha de hoy.
 

 Justo es anotar que en la porción sureste del cruce de las calles Comercio y Junín fue fabricada una especie de réplica de la Casa Amarilla, con ciertos cambios y cuyas dimensiones son menores a las de ésta; su frente está orientado hacia el norte a diferencia de aquella que es hacia el sur. Fue el hogar de su propietario José Melchor Ruiz, quien mantuvo allí, desde el segundo tercio del siglo XX y durante cincuentitrés años, una tienda-bodega de nombre 3 de Mayo, que era realmente un expendio de diversas mercancías (víveres, licores, telas, calzados, artículos de ferretería, etcétera). Mucho tiempo después de la muerte del dueño fue adquirida por el padre Rudi Rajk, un sacerdote que llegó a Lezama en calidad de párroco, se enamoró del pueblo, compró esa vivienda cuando comenzaba a deteriorarse, la restauró y le restituyó el uso de residencia familiar sin alterarle su originalidad, para su propia satisfacción espiritual y la de los lezamenses que anhelan y defienden la conservación de su patrimonio arquitectónico(4).  
     

Altagracia de Orituco, lunes 27 de junio de 2015.

 
NOTAS

(1) Luis Nieves era un cultor de los Negros Kimbánganos de Lezama, de los cuales llegó a ser su capitán por varios años. Datos obtenidos en el Registro Civil de la parroquia Lezama, el miércoles 27 de mayo de 2015, indican que: Nació en Lezama el 9 de diciembre de 1928; murió en Caracas el 16 de enero de 2011, a los 82 años de edad, y fue enterrado en su pueblo natal.


(2) Al parecer, el padre Francisco Boucard no habría sido muy creyente de la reencarnación, según lo indica aquella respuesta.


(3) Los recursos para la restauración de la Casa Amarilla y de la iglesia de San Rafael de Orituco sumaban un millón de bolívares en cada caso; fueron asignados por el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela al Instituto de Patrimonio Cultural el 24 de mayo de 2013.
 

(4) Las fuentes consultadas para redactar este trabajo se mantienen en reserva.